Índigo | Estudio de aves en vuelo, de Marina Hernández
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Estudio de aves en vuelo

Estudio de aves en vuelo

Hay una ligereza en el mundo. Una ingravidez. Algunos días son leves y eso significa que no he pensado durante un día completo en nada más que en el deseo. Y después he besado toda la noche, he besado y he reído y es esa ligereza la que se manifiesta. El niño hombre tiene la inocencia intacta: aún no ha sufrido por lo que se rompe. Y la ternura intacta y de ahí la ingravidez frente a toda la llenura de mi cuerpo. Le he contado que pierdo un poco de mí ahora cada vez que escribo. Todas las palabras que he dado, todas las que he dejado junto a los caminos, ya no son mías y con ellas me he dejado ir yo también, como sedimentando en otros lugares afuera de mi cuerpo. Pero el hombre-niño: qué dulzura su ligereza, su canción susurrada, su despertar tranquilo. Tiene una arista en la mirada: eso es lo que me atrae profundamente en él, esa mirada gris, esa mirada marina casi hecha de hielo. Es solo una muesca que aparece cuando me mira y no habla, un miedo que viene a él con las primeras cosas: cuerpo, angustia, espacio. Le digo I like you, Paolo. Él responde: tengo demasiadas personalidades. He pensado: la locura atrae a la locura pero no es verdad: el agua atrae el agua, lo incierto atrae lo incierto, pero la locura no se atrae, se contagia, se recrea, se alimenta de nosotros como famélicas aves.

 

***

 

Estoy cansada de despertar a veces y no estar aquí ni estar allí, no estar en mi cuerpo ni en el cuerpo de nadie, no saber cómo me llamo ni si me llamo, solo saber que cargo un enorme planeta en algún lugar de mi memoria. Y que callo. Callo.

Deseo y grieta. El cuerpo que se frustra ante una inexperiencia anfibia. Acariciar a otro en su presencia. Su amigo. Desear lamer su rostro lleno de pecas lleno de heridas como almendras en la masa del pan. Lamer la parte de detrás de sus rodillas, la boca por dentro, el dorso de la mano hasta el hueso escafoide, el hueco vacío en la clavícula, su párpado, su párpado, la abertura entre sus dientes breves. Lamer su edad: no ha entrado en los veinte. He perdido yo también los números.

Quiero decirle: my shy eyes my shy eyes are a lack of love. Un derrumbe.

Ya no tengo lengua madre.

 

***

 

Puede que nosotras, mujeres, seamos las únicas en hablar de los nacimientos y de la muerte de los hijos. Las únicas en hablar de la soledad profunda frente al otro que observa. Mírame las manos: las he dejado llegar hasta el final siempre. Hazañas perdidas. Mírame los muslos, las arterias, las yemas francas de las manos otra vez, mírame.

Tú y tu lucidez inocente.

 

***

 

Decimos metáforas en lugar de mentiras. Tengo que inventar un nombre para esto que te envío: geopoética: lugares atravesados por un cuerpo que cambia, que es y no es. Y esta ficción, que es y no es. No he perseguido a los flamencos en las costas del Perú pero me han mirado desde la tinta. No he amamantado a los leones marinos. No he escuchado a los pájaros bebiéndose la sal en las grutas. Te lo dije tanto: yo no sé mentir, pero aún escribo. Sueño el agua tibia y me siento enferma de mi generación: lo queremos todo. Me veo a mí misma volviendo a Barcelona. O volviendo a Lisboa. O volviendo a Alabama a recoger ramitas en los trigales del sur. Pero a donde vuelvo es a la cordillera de nuevo, a las vértebras de la nuca de un continente al que beso siempre descorazonada.

 

***

 

aún no he superado las estaciones / un otoño de mangas largas oscurecidas por la noche

he masticado las semillas / soy un árbol que aún no ha nacido pero ya lo sabe todo sobre sí mismo

hoy me encargo de hoy / mañana me encargaré de mañana

 

***

 

cansancio en la comisura de los labios.

tú miras hacia el pecho del Perú

y me apartas

 

***

 

Nunca le he llevado ventaja al miedo. Aunque a veces calle. Aunque a veces comulguemos una tregua y todos los sonidos de la Tierra por fin guarden silencio. He dejado a Paolo al costado de la carretera y no he mirado atrás. I love you. Mi lengua rota. We will have a baby, honey. Le he dicho que será una niña. Llega el miedo y yo callo con el mundo. Después os mentiré a todos, diré que nunca quise volver a casa, que no pensé en ningún dios, que estuve siempre presente en este cuerpo. Con una voracidad que no esperaba me he dejado a un lado a mí y a él. Será una niña y la querremos en todos los idiomas. Nunca nos hemos mirado él y yo juntos en un espejo.

 

vuelvo a casa

—¿a qué casa?—

y

le escribo al yo que seré:

estarás bien     en nuestro abrazo

 

 

Lo que acabas de leer es un extracto del libro -todavía en proceso de escritura- Estudio de aves en vuelo. Puedes encontrar más información y sumarte a la preventa en su web.

 

 

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