Índigo | Geografías íntimas
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Geografías íntimas

La escritura de diarios, la literatura intimista, la poesía autorreferencial: ¿qué hay en esa orilla? La perspectiva de análisis con la que se toma la escritura íntima o el acto de escribir un diario personal, es comúnmente la de considerar este ejercicio como una suerte de entrenamiento de la escritura. Como la escritura anexa. Aprender a explicar nuestra cercanía y así, más tarde, desarrollar una praxis más compleja. En cambio, lo que aquí nos interesa es tomar la escritura de diarios como una literatura en sí misma, con todas las posibilidades que ésta nos ofrece.

Muchas nos acercamos al diario como una ventana desde la que observamos el mundo. También, como un refugio en el que anotar algún sinsentido. O un dolor o una visión que no queremos que se escape. Porque hay mucho de eso en la escritura íntima: construir la memoria que sabemos que se difumina con el paso del tiempo. Reconstruirla, en cierto modo, ya que la memoria misma es una ficción engañosa. Con los recuerdos jugamos, los recolocamos, los manipulamos para que nos ayuden a avanzar. Queremos siempre que perdure lo bueno. De la experiencia, rescatar lo que puede ayudarnos hoy. Lo que puede facilitarnos el camino del entendimiento, del autoconocimiento.

Cuando nos preguntamos qué efectos tiene sobre nosotras la escritura íntima, respondemos que tiene mucho de terapéutico. Pero además, queremos seguir investigando qué se produce cuando esa narración sale afuera, conecta con otros relatos, con otras lectoras y lectores, y se convierte en un pedazo de una gran experiencia universal. En el reflejo de otras realidades que son, al mismo tiempo, la nuestra.

En la construcción de nuestras historias, que también tienen mucho de ficción, nos asusta el otro. No sólo en el posible encuentro de quien lee frente a un texto que por naturaleza, nos expone la desnudez más abrupta, sino con el otro dentro del relato. Es decir, ¿cómo hablar de la vida de alguien dentro de nuestra vida, sin la garantía de que la otra vida quiera ser expuesta?; ¿cómo hablar de nosotras sin hablar de los demás? Muchas optamos por usar las iniciales. Otras, inventamos personajes. Pero entonces, ¿dónde están los límites del género literario? ¿Qué hacemos con la autocensura para no forzar la escritura críptica? ¿Cuan desnudas llegamos a estar frente a la hoja en blanco?

La autocensura es una constante en la literatura, pero se torna más acuciante cuanto más borrosas son las líneas entre nosotras y lo que contamos.

A veces, queremos escribirlo todo. Hasta que entendemos que el lenguaje nunca será suficiente y que en esa grieta entre lenguaje y mundo, habita la poesía. Entonces, seleccionamos aquella parte de nuestra experiencia que pueda ser transformada en alguna otra cosa. En una vida dentro de nuestra vida. En una vida en miniatura. A ella recurrimos después, en retrospectiva, para narrarnos nuestro propio camino. Para preguntarnos si aquella fuimos nosotras, qué hizo que fuéramos aquella persona y hoy seamos otra.

Tenemos miedo de que alguien nos descubra y al mismo tiempo, una esperanza voraz de encontrar a alguien del otro lado. No escribimos para salvar ni para que otros/as nos salven. Escribimos para salvarnos de nosotras mismas. Como si en la escritura íntima practicáramos un exorcismo. Como si nos perdonáramos después de confesarnos cuan poco entendemos lo que nos rodea y cuánto seguimos esforzándonos por entenderlo.

Nuestras referencias son los grandes diarios de escritoras como Anais Nin, Alejandra Pizarnik o Virginia Woolf. Como un universo lleno de espejos. Acudir a aquellos textos nos ayuda a comprender que nuestra soledad es siempre relativa. Que existen factores comunes en nuestras vidas que se repiten con formas distintas. Que hay amor y dolor y alegría y miedo en todos los diarios. Que después de todo, lo escrito ya no es nuestro porque nunca lo fue. Viajemos allí donde dejamos de ser nosotras y empieza lo escrito a tomar vida propia. A no pertenecernos. A ser de nadie y del mundo.

Con todo esto, en el proceso de gestación de Índigo, tuvimos conversaciones acerca de qué entendíamos por escritura de diarios, de por qué escribimos esto y no otra cosa. Decidimos compartir una de aquellas charlas en las que tratábamos de desentrañar el porqué de este proyecto, hacia dónde queríamos caminar. También había mucho de un encuentro en el que queríamos por fin alumbrar la seguridad de que escribimos lo que queremos escribir, lo que escribimos inevitablemente.

Así, entramos en un diálogo en el que cada una de nosotras aportó su punto de vista sobre la escritura de diarios y lo que significa el hecho de querer construir un proyecto que suponga un espacio para la escritura íntima de mujeres.

O: De pronto, me descubrí contando todo para ser amada. Editando mi diario de viaje para ser leído. Me descubrí desvelando secretos por amor. Y no. Dando las llaves de todas mis puertas a las personas equivocadas 

como escritoras de diarios deberíamos reflexionar sobre qué contamos. 

y cuál es la razón última de contar(nos)/lo. 

qué contamos. 

que puertas cerramos y cuáles abrimos. 

tiene que haber conciencia ahí porque sino, 

como escritoras de diarios, 

sencillamente desapareceremos en lxs demás. 

(o una buena oportunidad para descubrir por qué escribimos diarios. 

y si nos gusta lo que descubrimos, seguimos la pista, la seguimos. 

si no nos gusta, ¡lo seguimos más todavía, lo seguimos!

profundizar en lo cómodo

en lo incómodo

profundizar

a diario

y rescato una pregunta que hizo Marina: 

¿debemos ser justas con nuestra idea de los otros?

porque no estamos solas en nuestro mundo escribiente. 

y preguntaba Carla 

¿nos tenemos que autocensurar? 

¡pero deberíamos poder escribir como si estuviesemos solas en nuestro mundo escribiente!

¿o no? 

¿estamos solas cuando escribimos y acompañadas cuando vivimos

estamos acompañadas cuando vivimos y cuando escribimos

estamos solas cuando escribimos y vivimos?

C: El diario sirve, como la poesía, para interrogar a la vida. Su fuerza radica en esa conversación que parece unilateral, pero en la que participan tantos elementos que resulta siendo casi cacofónica. 

Como escritora de diarios, le pregunto a los demás, al día, a la materia, al dolor. Les pregunto: qué es de mí en el mundo, qué es de este mundo conmigo adentro. La pasión del diario es encontrar esas voces y llevarlas al papel. Hallar respuestas o inventarlas, ¿no es acaso lo mismo? 

No deja de ser íntima nuestra relación con el mundo y la escritura si publicamos un diario. Acaba siendo una intimidad compartida, pero en la que siempre es posible encontrar refugio, encontrar distancia. Porque como en los géneros que formalmente se entienden como ficción, en el diario también existe la ficción. El código. El secreto y el subtexto. Es ahí donde reside el poder de quien lee para apoderarse más o menos de la intimidad de quien escribe y en definitiva, llenar esos huecos con su propia imaginación, con su propia vida, con su propia intimidad. 

Decidimos qué decir y qué callar. Qué instantes salvamos del olvido y cuáles rescatamos. Siempre modificamos nuestros recuerdos y ese poder,  en la escritura de un diario, es más acuciante, Cómo trasladar lo que ocurre y, al mismo tiempo, el significado de lo que nos ocurre. El significante arrastra con él sedimentos de la experiencia, de la mirada, del subconsciente. Así, se teje una historia única, tan propia y tan íntima, que termina siendo universal. 

M: Tuve un maestro maravilloso que me hacia luchar todos los días contra el “yoísmo”. ¿Qué de mí es único y a la vez universal? ¿Cómo hacemos que el EGO no caiga en el narcisismo y deje de ser interesante? La poesía, por un lado, ayuda al ego a hacerse algo universal. La honestidad. ¿Seguiremos avanzando en esto?